¿No han de rendirse a los escollos, mi corazón y mi alma, envanecidos?
Son los perfiles del dolor primero .
Son las manos, extendidas hacia el cielo,
que emergen, como alas,
desde un rincón del pecho,
para ofrendar
el último trino de mi canto.
Y, después de redimir tristeza y llanto,
volver a renacer ¡Vana nostalgia!
¿Más, es, acaso, tan grande mi prestancia?
¿O es, tal vez, tan valiente mi osadía?
¿o tan endeble el sentir del alma mía?
¿Qué presunción acata? ¡Oh Dios Divino!
Mi corazón, que puro y cristalino,
se abre al filo de diez mil navajas
y, en medio de tal amplia sangría,
preséntame su herida al descubierto,
Más, no por ello se aparece muerto,
sino que sobrevive, litigante,
y, sobre tanto penar, enloquecido,
sigue latiendo, aun con más premura,
como si fuese poca la locura
en la que, día a día,
el dolor me va sumiendo.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario