¡Memoria! ¡Oh! Memoria que yaces
Arañando mis ondas cerebrales
En los sólidos muros- sagrada arquitectura-
De mi cuerpo y mi mente,
De mi olfato, mi tacto, mis oídos.
Tú has visto conmigo el paso de los días inclementes;
Has compartido mi mesa, sin mantel y sin pan,
Has olido mi miedo;
Has subido conmigo al confín de mis odios
Y, después, al tranquilo habitáculo del reposo.
¡Memoria! Yo te proclamo soberana.
Diosa inexpugnable de los destellos del alma.
Porque conozco la herrumbre de tus pasos,
La parca soledad de tu presencia
Y la esquiva liviandad de tu retraso;
Entre tantos albores, tanto ocaso,
Tanto insumo vital de la existencia;
En el incierto naufragio de este mundo,
Hallo tu amparo ¡Memoria! como un susurro
Apenas percibido, en el leve latido
Del corazón, recuperado,
De antemano, a la muerte.
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