Llega el
invierno y llega porque quiero,
en la
herrumbre fatal del mediodía,
reintegrarme
a la senda del lucero,
más allá
de la vana profecía.
Y no
importa si hay bruma o aguacero.
Lo
agreste de la vasta geografía
no
alcanza, en su zarpazo, todavía,
a
detener mi vuelo aventurero.
Quiero
un amplio mar que me deslumbre
y los
rayos de un sol, casi salvaje,
que
rompan, su murmullo, en el lenguaje.
Y quiero
más, aún, la certidumbre
del
indecible fruto: al amaraje,
saber que
somos dos: yo y mi coraje.
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